Cenas con niños: La nutricionista que domina el 'No quiero cenar' con calma y sin dramas

En el día a día de muchas familias, la hora de la cena a menudo se convierte en un escenario de conflicto cuando los más pequeños se niegan a comer. Sin embargo, la nutricionista Gabriela Uriarte ha compartido una valiosa perspectiva sobre cómo afrontar esta situación con serenidad. A través de un vídeo que se ha vuelto muy popular, Uriarte ilustra su método para manejar la frase recurrente de su hijo: "no quiero cenar". Su enfoque se basa en la calma, la ausencia de negociaciones y el establecimiento de límites claros, permitiendo que el niño tome sus propias decisiones sobre la cantidad que ingiere. Esta estrategia no solo alivia la tensión en la mesa, sino que también sienta las bases para una relación más saludable y consciente con la comida desde una edad temprana.

La escena compartida por Uriarte es un reflejo de lo que muchos padres viven. Cuando su hijo se enfrenta al plato y declara su desinterés, la nutricionista no cede ante la frustración. En lugar de eso, responde con una naturalidad desarmante: "Vale, pues no cenes, ¿no quieres cenar?". Manteniendo un tono relajado, le pide al niño que permanezca sentado con su hermana, subrayando la importancia de la rutina familiar. Este acto de no insistir, de evitar comentarios pasivo-agresivos y de no recordar por enésima vez la falta de ingesta, crea un ambiente de paz en el hogar.

La tranquilidad en el entorno es fundamental. Uriarte explica que, si el ambiente es sereno, los niños se sienten más cómodos y son más propensos a participar en la dinámica familiar. Por el contrario, la tensión, la resistencia o el enfado transforman la negativa a comer en una verdadera batalla. En su caso, esta estrategia da frutos rápidamente, ya que a los pocos minutos, el niño pide queso, y al sentarse a comer, lo hace sin sentirse forzado ni presionado.

Este enfoque se extiende a otros aspectos de la comida. Uriarte no contabiliza mentalmente cuánto come su hijo, ni lo anima con frases como "venga, un poquito más". Simplemente respeta que ha terminado. Incluso a la hora del postre, ofrece opciones limitadas, como arándanos o kiwi, en lugar de una elección ilimitada, lo que otorga al niño cierta autonomía dentro de un marco estructurado. Este método enseña que los padres establecen lo que se come, mientras que los niños deciden la cantidad, una lección crucial para una alimentación equilibrada.

Las pautas que se pueden extraer de la experiencia de esta nutricionista son universales. En primer lugar, es crucial no dramatizar el "no quiero cenar", abordándolo con la misma naturalidad que cualquier otra preferencia infantil. Esto elimina la carga emocional de la comida, promoviendo una relación más sana. En segundo lugar, mantener las rutinas, como sentarse a la mesa, incluso si el niño no come, ayuda a separar el hábito social de la obligación de ingerir alimentos. Tercero, evitar la presión, el chantaje o las comparaciones, ya que solo aumentan la resistencia y la ansiedad. La comida nunca debe ser un premio o un castigo.

Además, es importante seguir ofreciendo alimentos que no son del agrado del niño sin forzarlo. La exposición constante y tranquila es la clave, entendiendo que los niños pueden necesitar múltiples intentos antes de aceptar un nuevo alimento. El ejemplo de los padres es también un factor poderoso: ver a los adultos disfrutar de ciertos alimentos influye significativamente en los hábitos de los niños. Finalmente, ofrecer opciones cerradas empodera a los niños al permitirles tomar decisiones dentro de un marco, evitando la frustración de demasiadas opciones.

Numerosos estudios científicos respaldan estas prácticas. Una investigación publicada en la revista Appetite reveló que la presión parental sobre la alimentación infantil puede llevar a comportamientos poco saludables, como ignorar las señales internas de hambre y saciedad, e incluso aumentar la ansiedad. Obligar a un niño a comer puede romper su autorregulación natural, lo cual es perjudicial a largo plazo. Por el contrario, un acompañamiento sereno y confiado permite al niño asociar la comida con disfrute y autonomía, construyendo así una relación positiva que perdurará toda la vida. Este enfoque demuestra que la crianza no se trata de imponer, sino de guiar con paciencia y ejemplo.