La Felicidad: Un Equilibrio entre lo Esencial y la Percepción

El psiquiatra Javier Olivera desvela su particular visión sobre la felicidad, desmarcándose de la imagen del optimista inquebrantable. Reconoce que sus propias vivencias y un carácter que él describe como melancólico le han impulsado a profundizar en el estudio del bienestar. Su enfoque se centra en la complejidad y sencillez simultáneas de la felicidad, la cual no considera un estado de euforia perpetua, sino una serenidad interior, similar a la ataraxia estoica. Olivera enfatiza que, a pesar de los obstáculos inherentes a nuestra biología y al entorno social competitivo, la clave para alcanzarla radica en nuestra capacidad de elección, la esperanza y la calidad de nuestras conexiones interpersonales. Al final, sugiere que la felicidad se experimenta con una perspectiva retrospectiva y que, al igual que aprender a andar en bicicleta, lo que parece complicado al principio se vuelve natural con el tiempo, siempre y cuando estemos presentes y vivos para intentarlo.

La paradoja del bienestar interno

El psiquiatra Javier Olivera nos ofrece una visión particular de la felicidad, alejándose de la imagen del gurú optimista. Él mismo confiesa su naturaleza “atormentada”, lo que, paradójicamente, lo ha impulsado a estudiar la ciencia del bienestar. Para Olivera, la felicidad no es un estado de alegría constante, sino una profunda serenidad interna, un sosiego comparable a la ataraxia de los filósofos estoicos. Sin embargo, alcanzar esta tranquilidad no es tarea fácil, ya que nos enfrentamos a desafíos tanto inherentes a nuestra biología como a la presión social. Un 50% de nuestra personalidad es heredada, lo que él denomina temperamento, y si nacemos con una predisposición a la melancolía, el camino hacia el bienestar puede parecer más cuesta arriba. A esto se suma una sociedad que fomenta la comparación constante, generando una “infelicidad oculta” y la trampa del deseo, donde la búsqueda insaciable de lo que no tenemos nos condena a sufrir, y su obtención nos lleva al aburrimiento, tal como lo describía Schopenhauer. Ante este panorama, Olivera plantea una pregunta crucial: ¿cómo es posible que, a pesar de estas dificultades, la felicidad pueda ser, al mismo tiempo, algo sencillo de conseguir?

La perspectiva de Olivera sobre la felicidad es que su consecución no es una labor sencilla. Argumenta que el 50% de nuestra personalidad está predeterminada genéticamente, un factor que él describe como nuestro temperamento. Si una persona tiene una inclinación natural hacia la melancolía, este punto de partida complica la búsqueda de la felicidad. Además, señala que vivimos en una sociedad altamente competitiva y perfeccionista que alimenta una “infelicidad oculta” en los hogares, impulsada por la comparación constante con los demás. Si a esta predisposición genética le sumamos un ambiente que valora el juicio y la comparación, la meta de la felicidad se vuelve aún más elusiva. Pero la complejidad no termina ahí, pues Olivera introduce otro obstáculo: la “trampa del deseo”. Según el psiquiatra, a menudo sufrimos por no alcanzar lo que anhelamos, y una vez lo logramos, nos aburrimos, lo que hace que la felicidad parezca inalcanzable. Este ciclo de sufrimiento por la carencia y aburrimiento por la posesión plantea un enigma: ¿cómo puede algo tan intrincadamente difícil ser, a la vez, tan simple? Esta paradoja es el eje central de su reflexión, sugiriendo que la clave reside en trascender estas trampas inherentes a la condición humana.

Enfoques simples para una vida plena

La aparente paradoja de que la felicidad sea tanto compleja como sencilla encuentra su resolución en un cambio de perspectiva. Olivera enfatiza que, si bien una parte de nuestra felicidad está ligada a la genética, un 40% depende directamente de nuestra voluntad y acciones. Este margen de maniobra personal es crucial, ya que nos permite tomar decisiones y adoptar una forma de ver y entender la vida que impacte positivamente en nuestro bienestar. El experto propone un conjunto de estrategias prácticas para fomentar esta felicidad que reside en nuestra capacidad de elección. Primero, nos insta a “mirar a lo lejos”, una metáfora que sugiere cambiar nuestro enfoque de las pequeñas preocupaciones cotidianas a una visión más amplia de la vida, como contemplar el horizonte o las estrellas, lo que nos ayuda a suavizar las exigencias autoimpuestas sobre la felicidad. En segundo lugar, destaca la esperanza como un motor esencial, afirmando que el simple hecho de tener deseos y aspiraciones ya es una parte intrínseca de la felicidad, pues nos proporciona un aliciente para actuar y crecer. Finalmente, y basándose en estudios como el de Harvard sobre el desarrollo humano, Olivera subraya que la calidad de nuestras relaciones es el verdadero secreto de una vida feliz y duradera, concluyendo que “cuanto mejores y más fuertes sean nuestras relaciones, no solo más felices viviremos, sino también más tiempo”.

Javier Olivera compara la búsqueda de la felicidad con aprender a montar en bicicleta: al principio parece una tarea imposible, pero de repente, sin apenas darte cuenta, lo logras. Esta analogía ilustra cómo la felicidad, más que un destino, es un proceso de aprendizaje y adaptación. Reflexiona sobre la naturaleza retrospectiva de la felicidad, señalando que a menudo solo valoramos los momentos de bienestar cuando ya han pasado. Esta percepción nos invita a ser más conscientes y a apreciar el presente, pues podríamos estar viviendo nuestra mejor época sin reconocerlo hasta que sea demasiado tarde. Olivera no sugiere una preocupación constante por el futuro, sino un goce activo de lo que se tiene en el presente. Incluso si nuestra predisposición genética nos inclina a la melancolía, la capacidad de aprender a ser feliz, al igual que se aprende a pedalear, es fundamental. La lección principal de su filosofía es poderosa y simple: la única condición indispensable para alcanzar la felicidad es estar vivo. Esta afirmación nos recuerda que, a pesar de los desafíos inherentes a la existencia, la vida misma es el escenario y la oportunidad para experimentar el bienestar, sin necesidad de alcanzar una perfección inalcanzable, sino simplemente de participar activamente en el presente.